este escrito nace en las raices…
Dear Anacaona,
Hay días en los que el cuerpo deja de reconocerse. Te miras al espejo y algo ha cambiado. La piel se vuelve otra, el cabello se apaga, la energía se fuga. Y sin entender cómo, una versión nueva (más cansada, más pesada, más silenciosa) te habita.
Así empezó la historia de mis ovarios poliquísticos. Una enfermedad que no se ve, pero que se siente en cada parte de ti. Nadie te advierte que puede llegar sin ruido, que el cuerpo puede volverse un terreno desconocido. Pasé meses buscando respuestas, escuchando diagnósticos que no encajaban: “estrés”, “hormonas”, “mala alimentación”. Pero no era eso. Era algo más profundo.
El SOP me cambió la piel, el peso, el ánimo, el deseo. Me cambió el modo de habitar mi cuerpo. Y con él, aprendí una lección brutal: la salud no siempre es lineal, ni visible, ni justa.
Hubo días en que me sentí traicionada por mí misma. Y otros en los que entendí que mi cuerpo no me estaba fallando: estaba pidiendo ayuda. Me estaba pidiendo presencia, cuidado, pausa, ternura.
Hoy sigo aprendiendo a escuchar sus lenguajes, a no odiarlo por inflamarse, a no juzgarlo por cambiar. Y aunque no siempre me entiendo, he encontrado paz en saber que no estoy sola. Que somos muchas intentando reconciliarnos con la mujer que el espejo nos devuelve.
Querida Anacaona, el cuerpo no es el enemigo: es la historia que todavía estamos aprendiendo a amar.
Con gratitud por el cuerpo que sigue intentando florecer,
– Yara