este escrito nace en las raices…
Dear Anacaona,
Hay edades que pesan más que los años mismos. El final de los 20s se siente como un espejo que me muestra todas las versiones de mí que no llegaron a ser. Un lugar donde las promesas que alguna vez me hice se marchitan antes de florecer.
Tengo 29, y mis manos sostienen más cansancio que certezas. Crucé océanos persiguiendo un sueño, pero en el exilio descubrí que no todo lo soñado brilla al cumplirse. La distancia de mi familia es un eco constante; las amistades de antaño son ahora voces lejanas, que ya no caminan a mi lado. Y aquí, en esta tierra extranjera, a veces siento que camino sin raíz, y bajo la intemperie: la soledad de no pertenecer, el desencanto de un sueño que se desarma al tocarlo.
El cuerpo también reclama su derecho a ser escuchado: ovarios poliquísticos, hormonas rebeldes, un peso que no es solo físico sino también espiritual. Un reflejo que ya no reconozco del todo.
El trabajo me asfixia, la carrera que elegí ya no me abraza, y mis planes de futuro se han ido deshaciendo como papel bajo la lluvia. La pareja se tambalea, y los planes de futuro se desdibujan. La procrastinación me roba el tiempo, y el dinero se escurre entre los dedos. Todo lo que soñaba tener a esta edad parece una promesa rota.
Y sin embargo, hay algo dentro de mí que no se apaga. Quizá sea apenas una brasa, pero arde. Porque aunque todo me pese, escribo. Y escribir es mi manera de decirle al mundo: “sigo aquí”. Escribir es mi respiración secreta, mi resistencia silenciosa.
Quizá este dolor no es un final, sino un umbral. Quizá los 29 no sean ruina, sino tierra removida donde algo distinto podrá crecer. Quizas sean el colapso necesario para aprender a reconstruirnos. Tal vez la tristeza que siento es el parto de una vida más verdadera o solo es el alma reclamando espacio para renacer. Quizá este vacío no sea el final de la historia, sino el espacio donde empieza otra.
No sé si los 30 traerán respuestas, pero quiero creer que traerán luz. Una luz distinta, más serena, menos perfecta.
Querida Anacaona, lo más valioso nunca será lo que logremos, sino el simple acto de seguir respirando, de seguir intentando, de seguir escribiendo. Y mientras haya palabra, habrá esperanza.
Con compasion para ti y para mi,
– Yara